lunes, 16 de abril de 2012

Cap. 3 Las 7 de Nova Lux

No me lo puedo creer. ¿Quién ha sido? Estoy empapada y desparramada por el suelo. No tengo claro cómo he llegado aquí, ni qué voy ha hacer. Solo se que voy a matar a alguien después de esto.

-¡Adriana! ¿Estás bien? ¡Adriana!- Escucho gritar a una voz que corre escaleras abajo tras de mi.

¿Qué hago? Me levanto haciéndome la indignada y pidiendo la cabeza de quien me ha hecho esto, no, no es una buena idea, perdería demasiado orgullo en el intento. Me quedo en el sitio sin moverme para que parezca que me he hecho mucho daño y así la gente no se reirá de mi, si no que se preocuparán, creo que este plan es mejor. Estoy prácticamente inmóvil, siguiendo mi plan, cuando unas manos me intentan dar la vuelta, entonces me doy cuanta de que aunque hubiese querido no podría haber llevado a cabo mi primer plan, me he hecho daño de verdad. He estado tan preocupada por intentar quedar lo mejor posible, que no me he percatado de que me he hecho polvo, pero ahora siento que me voy a partir en mil pedazos si alguien me mueve un solo dedo. Incluso mantengo los ojos cerrados por miedo a ver sangre o algo. Teniendo en cuenta esto hago lo que creo más lógico. Gritar. No quiero que me toquen, así que grito y grito que no se acerquen, no hacen más que preguntarme qué me duele, y yo no hago más que berrear que me duele todo.

De repente una voz autoritaria dice:

-¿Qué ha pasado? Quitaos de en medio. -Me gusta esa voz que se acerca, está diciéndoles a todos que se quiten, que me dejen y que no me toquen. -¿Estás bien? ¿Te has hecho daño? -Ya no me gusta tanto, ahora es él quien me toca. Me quita el pelo de la cara y pone su mano sobre mi mejilla para ver si tengo alguna herida y algo así. Tiene unas manos grandes y fuertes que desprenden calor, mucho calor, pero un calor agradable. Decidido, él si puede tocarme. Y de hecho lo hace, siento sus brazos pasar por debajo de mi espalda y de mis piernas, me levanta del suelo y me lleva hacia alguna parte. No puedo mantenerme despierta. Así, sollozando entre esos brazos cálidos me desmayo.

Cuando me despierto estoy en una especie de habitación de hospital, miro a mi alrededor buscando algo o a alguien para saber donde estoy, pero o único que puedo ver es una habitación pequeña con las paredes blancas. No acierto a ver nada más, porque no puedo mover la cabeza, tengo puesto un collarín y por lo poco que siento mi cuerpo, diría que una pierna escayolada. Sigo medio adormilada cuando alguien entra en la habitación, no puedo ver quien es hasta que no está justo delante de mi, no se quien es, pero por la forma que tiene de mirarme creo que el si me conoce.

-¿Qué tal Adriana? ¿Cómo te sientes? -Reconozco esa voz, y sobre todo reconozco esas manos que vuelven a rozar mi mejilla.
-Bueno, no estoy en mi mejor momento. -Tengo una voz horrible, ronca y resquebrajada, pero parece que a él no le importa, porque sonríe y me mira con unos ojos miel, tanto por el color como por la dulzura que desprenden, una dulzura que casi puedo saborear.
-Me alegro, te has dado un buen golpe en... -me mira de arriba abajo para añadir- todas partes. -vuelve a sonreír, pero esta vez intentado no hacerlo para que no me mosquee, y aunque debería sentarme mal que se ría de mis circunstancias, la verdad es que no tenía pensado cabrearme con él. El hombre de las manos cálidas, por cierto, no se quién es ni cómo se llama.
-Si, la verdad es que creo que no hay ni un trocito en mi cuerpo en el que no me haya hecho algo. -Ahora no sueno tan mal como antes, no tengo mi voz normal, pero poco a poco la voy recuperando. -Emm, esto va a sonar muy mal, pero ¿quién eres? -me da vergüenza decirlo, porque él si que sabe mi nombre, además me ha traído aquí, y yo en cambio no lo conozco de nada.
-Soy Hugo, tu profesor de francés. Si no hubiese pasado hoy nada nos habríamos conocido mañana en clase.

Imposible, no puede ser que un hombre tan guapo sea profesor. Estaré todavía turbada por el golpe. Me intenta coger la mano, pero no quiero, me siento rara con su roce ahora que sé que voy a ser su alumna. Claro que nos teníamos que conocer mañana, pero no como alumna y profesor, si no como alumna y alumno, hermano de alumno, tío de alumno o cualquier cosa menos un profesor. Sigo sumergida en mis pensamientos sobre mi profesor cuando suena la puerta y entran tres chicas a las que no esperaba: Liss, Sandra y Marta.

-¿Qué hacéis aquí? -Les digo directamente, no quiero que estén aquí, no me fío de ellas.
-Yo estaba en la habitación con Daniela cuando llegó Manu a contarnos lo que había pasado. -Empieza a explicar Liss con voz de inocente, como queriendo dejar claro que ella no tiene nada que ver con lo que ha pasado. -Yo avisé a Marta y Sandra para venir a verte, y teniendo en cuenta que el año pasado estábamos siempre juntas, la enfermera ha decidido dejarnos entrar a nosotras primero.
-Bueno, os dejos solas, yo de todas formas me tengo que ir a seguir trabajando. -No quiero que se vaya, aunque no me gusta que sea profesor, lo quiero a mi lado. Pero no se queda, me da un apretón en la mano y sale por la puerta.
-Supongo que ahora entrarán tus nuevas amigas. -Rompe el silencio Marta. -Solo hemos venido a ver cómo estabas, y veo que bastante mal. -Esto ultimo lejos de decirlo con un tono compasivo, lo dice con un aire de burla que no me gusta, en realidad nada de ella me gusta.
-Liss nos dijo lo que había pasado, nosotras estábamos en nuestra habitación. -Ahora es Sandra quien habla. La odio, es la abeja reina, maneja a Marta como a una marioneta, y a Liss, bueno Liss vive un poco en su mundo, así que no se si la maneja o simplemente se deja llevar sin importar donde. -Y hemos bajado corriendo, estábamos preocupadas por si te había pasado algo. -No, no es cierto, no estaban preocupadas, es más me extraña que no tengan algo que ver con esto.
-¿Sabéis qué? Nos os preocupéis, estoy bien. Ya os podéis ir. -Los digo con la voz más fría y cortante de lo que soy capaz.
-Bien, como quieras, nos vamos. Recuperate rápido. -Se despide Sandra con su voz infantiloide y exasperante.

Marta se va sin despedirse y Liss pasa la mano por la cama en la que estoy y me hace una mueca con una mezcla entre pena y culpabilidad.

Ahora si entra quien debe entrar, cinco chicas que me sonríen para que me sienta reconfortada, y lo consiguen, la visita de las tres mellizas no me ha sentado nada bien.

-Creo que todo el mundo te pregunta lo mismo, pero no se me ocurre que otra cosa decir que no sea : ¿Cómo estas? -La primera en hablar es Manu, y se pone a mi lado dando saltitos.
-Pues mal, ahora mismo no me duele, pero supongo que en cuanto se me pase el efecto de la medicación que me han puesto me dolerán hasta las pestañas. ¿Os han dicho algo de lo que me he hecho? Aquí no ha entrado nadie todavía a decirme cómo estoy, y la pierna vale, pero el collarín... ¿me ha pasado algo grave?
-No han dicho nada, pero yo los he escuchado hablar y han dicho que no tienes nada grave, una fisura en la pierna y un esguince en el mismo pie, por eso la tienes escayolada. Y el collarín te lo han puesto por si acaso, siempre lo ponen. -Esto me lo dice Melinda, que aunque está detrás la veo perfectamente por encima de las cabezas de las otras.
-Bueno, y se te han caído tres dientes. -Me suelta Daniela. Pongo cara de horror y con la lengua repaso todos mis dientes para comprobar que no me falta ninguno. -Es broma, tienes los dientes perfectos.
-¿Sabes quién te tiró el agua? -Pregunta con voz baja Elena
-Ni idea, solo se que me calló agua encima justo cuando iba a bajar las escaleras, no me lo esperaba me resbalé y caí... Pero como averigüe quién lo hizo, lo mato.
-Primero tienes que pillarlo ¿no? Porque con la pata chula lo vas a tener complicado. -Manu siempre intentando dar la nota de humor, pero la verdad es que tiene razón, no estoy en condiciones de matar a nadie.

Estamos un rato hablando hasta que llega una enfermera y les dice que se vallan. Me quita el collarín y me dice que tengo que descansar, que mañana por la mañana me tendré que levantar para ir a clase. Le hago caso e intento quedarme dormida. Que forma más mala de empezar el curso. Lo único bueno ha sido Hugo, el hombre de las manos cálidas.

Ya es de día, me levanto como puedo, voy al servicio cojeando para asearme. Me cuesta la vida ducharme sin mojar la escayola que me llega hasta la rodilla.

Termino de ducharme y salgo a la habitación para vestirme. Tengo solo puesta la falda y el sujetador cuando llaman a la puerta, pensando que es la enfermera (que ya ha entrado antes a traerme las muletas y preguntarme si prefiero una silla de ruedas) le digo que entre. Pero no es la enfermera. Hugo entra y me mira, se queda un momento mirándome y yo quieta dejando que me mire hasta que ambos reaccionamos, el se da la vuelta y yo me pongo la camisa del uniforme lo más rápido que puedo.

-Lo siento, creía que... bueno, que no... -Tartamudea nervioso
-Supongo que esperabas que estuviera vestida. -Termino yo diciendo lo que él quiere decir. Me siento en la cama y ya que está aquí aprovecho y le pido ayuda para ponerme los calcetines y los zapatos, bueno, el zapato, porque en mi pata chula (como la llamó ayer Manu) no me puedo poner nada más que el calcetín. La verdad es que podría ponérmelo yo sola, pero prefiero que lo haga él. -Gracias, casi no puedo moverme, así que no puedo hacerlo sola. -Le miento mientras le sonrío con una sonrisa entre dulce, inocente y sugerente. El aparta la mirada un poco azorado, y yo sonrío más para mis adentros.
-La verdad es que he venido a por ti. Ahora tienes clase conmigo -mi sonrisa interior se contrae en una mueca de desilusión, por un momento se me había olvidado Elprofesor y solo pensaba en Manoscálidas. -así que he pensado que a lo mejor necesitabas ayuda para llegar, aunque veo que a la pata coja te manejas muy bien. -Ahora mismo se está riendo de mi intento de llegar hasta las muletas, que la enfermera no ha tenido otro sitio en el que ponerlas que al otro lado de la habitación. Una vez que ya las tengo en mis manos “puedo andar”, bueno, puedo moverme que no es poco.

Coge su maletín del suelo y abre la puerta para que salga. Intento salir de la habitación con todo el estilo del que soy capaz, pero cuando vuelvo a sentir esa mano cálida en mi cintura me recorre un cosquilleo que me sube desde la cintura a la espalda y hasta la nuca donde se funde en una sensación cálida por todo mi cuerpo, por culpa de esto se me afloja la pierna buena y caigo de nuevo al suelo. Al intentar sujetarme al pomo de la puerta solo he conseguido rotar sobre mi misma y caer de culo en el suelo, de tal forma que le he empujado a la puerta pegandole en las narices (literalmente) a Hugo. Tierra tragame. Como no lo hace, me levanto lo más rápido que puedo para ver que tal está Manoscálidas. Abro la puerta y me lo encuentro con las manos en la cara. Me acerco y se las aparto para encontrarme con una nariz sangrante. Pobrecito, el me ayuda y yo le parto la nariz, llamo a la enfermera. Se lo lleva y me dice que yo me tengo que ir a mi clase, yo le rebato diciendo que ahora tengo clase con Hugo y que si él no va qué voy a hacer yo allí, pero no consigo convencerla, no me queda otra que irme a clase.

-Ahí viene la lisiada -dice Martina bromeando cuando me ve llegar por el pasillo apartando a la gente como puedo.
-Si, me han echado de la enfermería. Con lo bien que estaba yo allí... -le contesto medio en broma medio en serio.

Entramos a la clase con el profesor de guardia, nos sentamos en nuestros asientos y hablamos para pasar el rato. Ha pasado media hora cuando llega Hugo, le veo que tiene un algodón en la nariz, por lo menos no le he roto la nariz.

La clase termina casi sin darme cuenta, me había quedado en las nubes escuchando como se presentaba y hablaba en francés mi profesor, la verdad es que no he entendido lo que ha dicho, ni siquiera he intentado traducirlo dentro de mi cabeza, prefiero que los sonidos se paseen por mi mente y por el resto de mis sentidos. Cuando todos se levantan para irse lo más rápido posible, yo prefiero quedarme sentada y esperar a que todos se vayan.

Me acerco a la mesa del profesor donde está Hugo apuntando algo en una libreta. Me mira y medio sonríe, realmente no se qué decir, me siento culpable por el algodoncito de su nariz.

-Lo siento, de verdad, fue sin querer. Es que me iba a caer y me agarré al pomo y pues me caí pegandole a la puerta y bueno, tu estabas detrás y... - No sé cómo pedir perdón por algo que no querías hace. Veo que él no le da tanta importancia como yo porque se ríe mientras yo me disculpo, me enfada que se esté riendo, pero sin tan siquiera intentar evitarlo me río yo también. Me siento en la mesa, para no tener que estar todo el tiempo apoyada en el pie bueno, me acerco a él y le quito el algodón.

-No te sienta bien, -le digo cuando veo que me mira algo sorprendido. -Así estas mejor, sin algodón digo... -Me siento un poco avergonzada por lo que acabo de hacer, y noto como mi cara se ruboriza, aparto la mirada riendo como si nada y me voy diciendo solo -Adiós. -No he esperado a que conteste, estoy fuera de la clase cuando Anselmo se me acerca y me dice que el director quiere hablar conmigo. La verdad es que me sorprende pero cuando me dice que es por lo de mi caída me relajo y lo sigo hasta el despacho. Para poder llegar hay que bajar una planta, y como no puedo bajar las escaleras con las muletas, tengo el privilegio de bajar por el ascensor, que solo pueden utilizar profesores y demás trabajadores del centro, y en caso excepcional alumnos que como yo ahora mismo no podemos movernos fácilmente por las escaleras.

Ya he llegado al despacho, Anselmo llama a la puerta y entro. Dentro me encuentro un hombre canoso, de piel morena y ojos verdes, un verde intenso y brillante. De joven, este hombre, tuvo que ser muy guapo, es alto, más que alto, es grande. Muy grande. Me siento algo intimidada, es la primera vez que tengo que venir al despacho del director, y aunque sé que no me va a echar ninguna bronca, me sigue dando algo de miedo.

-¿Qué es exactamente lo que pasó ayer, Adriana? -Su voz es clara pero a la vez algo sombría.
-No lo sé, me cayó agua encima y resbalé por las escaleras, es lo único que sé.
-¿Tampoco sabes quién te tiró el agua?
-No, ni idea. Si lo supiera estaría aquí para que me expulsaras después de pegarle una paliza al hijo de...
-Eh, eh, no digas palabrotas, no queda bonito en una señorita. -¿Se está cachondeando de mi?
-Bueno, pues después de pegarle la paliza a esa bellísima persona que me tiró el agua. -Lo digo con el tono más irónico del que soy capaz y sobre todo el “bellísima persona”.

Estamos un rato hablando sin sacar nada en claro y me dice que me vaya a seguir con las clases. La verdad es que me había olvidado de que tengo que enterarme de quién me tiró el agua, y si bien tengo una idea de quien ha podido ser, no lo tengo del todo claro, así que no puedo hacer nada. Aún.

No tengo ganas de estar en clase, me duele la cabeza y las manos de tener que ir con las muletas. ¿Y si pido una silla de ruedas? La enfermera me la ofreció cuando me trajo las muletas. No, mejor no, la gente me miraría demasiado por los pasillos, además no se si me manejaría bien con la silla. Espero a que pasen las horas para poder ir a mi habitación a tirarme en la cama y pensar, o más bien dejar de pensar.

Por fin terminan las clases y vamos a comer. En el comedor todo el mundo me pregunta cómo estoy, y yo estoy harta de decir siempre lo mismo. Cuando hemos terminado de comer nos vamos todas a la habitación de Daniela, Elena y Manu, es la más alejada, así que es la mejor para poder hablar y prácticamente gritar sin que nadie nos escuche.

-¡Qué ganitas tengo de morirme por Dios! -Manu siempre tan llena de energía.
-Si, nosotras también tenemos ganas de que te mueras. -Tira la pullita Elena.
-Pues cuando lo haga me quedaré como un fantasma por aquí jodiéndoos la vida, no me separaré de ninguna, lo advierto... -Sigue Manu con una voz bromista de condena eterna.
-Uff ¿Manu durante toda la vida?
-Toda, todita, toda.
-Me moriría... -Esta vez es Melinda quien habla.
-Es la idea. -Concluye Manu

Me gustan estas conversaciones sin sentido, me hacen que deje de pensar en la Bellísimapersona y en Manoscálidas. Pero por lo que veo a Daniela no le hacen tanta gracia.

Llegamos a la habitación y nos tiramos en las camas y en el suelo, yo por suerte, gracias a mi pierna mala me quedo en una cama sin tener que pelear con nadie como hacen Martina y Melinda. No se cuanto tiempo llevamos en la habitación hablando y bromeando cuando suenan unos golpes fuertes en la puerta.

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